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Encuentros y desencuentros entre Marx y Heidegger.


Ponencia presentada el 11 de febrero de 2010 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en el marco de las mesas tituladas "Heidegger ante el humanismo: reflexiones en torno a la Carta sobre el humanismo".


Hablar de la relación existente entre Marx y Heidegger, así como de sus radicales diferencias, no es un simple ejercicio que compete al espíritu académico que gusta de comparar autores y teorías. Si hemos de creer al juicio de los entendidos que afirma que Heidegger es el filósofo más importante del siglo XX, entonces, todas las restantes posturas filosóficas emanadas de éste turbulento siglo deben poder afirmarse a partir de o contra de Heidegger. Como señala Slavoj Zizek en Visión de paralaje: “Todos los filósofos… tienen que definirse trazando una línea de demarcación, una distancia crítica respecto a él”.1 Sin embargo, algo que soslaya tanto Zizek como los que entronan a Heidegger en el primer puesto del escenario filosófico es que también el siglo XX fue una época dominada por el marxismo, y no hablamos solamente de las diversas concepciones que surgieron como defensoras o continuadoras de Marx, sino al hecho incuestionable de que casi la mitad de la población del planeta vivió y organizó sus vidas bajo los postulados políticos planteados por Marx. Que esos regímenes hayan sido fieles al espíritu crítico-liberador de Marx o hayan terminado por desvirtuarlo y pervertirlo solamente podemos valorarlo a partir del fracaso y caída del socialismo realmente existente.

El sólo hecho de que una concepción del mundo haya tenido un impacto significativo a gran escala en la historia mundial deja apreciar su importancia. Aunque es cierto que no podemos valorar la eficacia de una filosofía por su aplicabilidad práctica, tampoco hay que olvidar que la filosofía heideggeriana es una reacción en contra del americanismo y el comunismo, los dos peligros esenciales de la modernidad en la interpretación de Heidegger. Esto nos hace ver que si bien Heidegger tuvo un impacto profundo en el espectro filosófico del siglo XX fue en relación con el cuestionamiento y crítica al marxismo, uno de sus adversarios filosóficos, que en la teoría como en la organización política daba una respuesta global a la modernidad capitalista. Recordemos que el proyecto heideggeriano se inscribe también en una crítica y superación, desde la metafísica, de la modernidad ya no capitalista, sino del empoderamiento de la subjetividad, de la cual la organización social capitalista sería una de sus manifestaciones. Esta crítica preponderantemente metafísica no renunció tampoco a asumir una postura política y basta enunciar el reconocimiento de Heidegger al nazismo como un movimiento de grandeza y verdad en donde se daba un encuentro positivo entre la técnica planetaria y el hombre moderno. Todavía en su vejez Heidegger seguía reconociendo que el nacionalsocialismo iba en la dirección correcta pero que la falta de experiencia de sus líderes les impidió lograr lo que el espíritu de ese movimiento político afirmaba.2

Si hoy volvemos a plantear la cuestión de las relaciones entre Marx y Heidegger es precisamente por la coyuntura de los tiempos actuales en donde la crisis global del capitalismo hace urgente reelaborar un nuevo paradigma civilizatorio que dé una respuesta al marasmo político-económico en el que nos encontramos. Las categorías de interpretación del marxismo resultan ahora insuficientes en una época donde el capitalismo ha logrado convertirse en el modo de producción dominante convirtiendo a todas las esferas políticas en meros centros de poder supeditados a la reproducción del capital a escala global. El impacto de la técnica en la nueva forma de estructurar a la economía escapa a todas las previsiones hechas por Marx, por lo que resulta necesario voltear la cara hacia otras interpretaciones y categorías de análisis. Es desde ahí donde pensamos que puede darse el diálogo entre el marxismo y la filosofía de Heidegger. Las divergencias y posibles vasos comunicantes entre ellos nos pueden dar atisbos de una nueva forma de afrontar la crisis del modelo capitalista de acuerdo con Marx, o el americanismo según Heidegger. Esto también nos puede mostrar indicios sobre un posible resurgimiento del concepto de humanismo en una etapa histórica que se encuentra enmarcada por la muerte del hombre y del sujeto.

Los entrecruces entre Marx y Heidegger no son pocos. El mismo Heidegger a lo largo de su vida y sus cursos tuvo que enfrentarse en varias ocasiones con algunos de los postulados del marxismo. Para Heidegger no sólo el americanismo constituía una amenaza a la civilización europea, sino también el comunismo. En su consideración ambas posturas reflejan lo negativo de la metafísica de la subjetividad moderna. Tanto el americanismo como el comunismo están animados por la voluntad de poder que reduce el ser a mera cosa manipulable, clasificable y capaz de sufrir alteraciones por mano del hombre. Del comunismo decía Heidegger que: “No es una mera forma estatal (blosse Staatsform), ni tampoco solo un tipo de visión del mundo política (politischen Weltanschauung), sino la constitución metafísica (metaphysische Verfassung) en la cual la humanidad moderna (Neuzeit Menschentum) no solo culmina y cumple lo Moderno (Neuzeit) sino que inicia su última fase”.3

Este peligro que ve Heidegger en el comunismo es manifiesto en la entrevista que sostuvo con Adolf Lampe, uno de los integrantes del Comité de Depuración Francesa encargado de enjuiciar a criminales nazis. En aquélla entrevista, Heidegger declaró que: “Apoyar al nacionalsocialismo era la única y suprema posibilidad de evitar el avance del comunismo en Alemania”.4 Con estas referencias lo que se trata de enfocar no es el probado anti-comunismo de Heidegger ni sus razones para apoyar el régimen nazi, sino poner al descubierto la existente relación de “demarcación y distancia crítica” de éste respecto a Marx. El anti-comunismo de Heidegger no puede resolverse en una simple postura política. Si Heidegger teme al comunismo es porque su pensamiento le ha permitido comprender, de acuerdo con su propia ontología, las raíces profundas que animan a ésta concepción del mundo, y esas raíces invariablemente apuntan a Marx.

Ya en Ser y el tiempo de 1927 encontramos varias referencias que señalan una toma de distancia y crítica respecto al marxismo. En la primera sección, capítulo primero, parágrafo 10, Heidegger analiza las diversas maneras de abordar la facticidad. Ahí señala las diferencias de su filosofía con las de Max Scheler, Dilthey, la tradición escolástica y aquella que reflexiona sobre la “cosificación de la conciencia”5, sin señalar al autor. Es obvio que se refiere a Marx y su concepto de reificación elaborado en sus Escritos de juventud y el Capital y que fue ampliamente tematizado por Lukács en Historia y conciencia de clase.6 En el parágrafo 74 titulado “La constitución fundamental de la historicidad”, Heidegger opone al universalismo proletario del marxismo la unidad existencial de la comunidad. El pueblo y su tradición tienen en Heidegger más fuerza y autenticidad que cualquier internacionalismo: “Si el Dasein destinal existe esencialmente, en cuanto estar-en-el-mundo, coexisistiendo con otros, su acontecer es un co-acontecer, y queda determinado como destino común. Con este vocablo designamos el acontecer de la comunidad, del pueblo”7. Esto quiere decir que el pueblo (Volk) es una categoría que reúne el expectante ser-en-el-mundo del Dasein. En su existencia fáctica, el Dasein se resuelve en la autenticidad de su propia existencia en una existencia compartida con otros, los que se encuentran ligados por los nexos de la tradición y el conjunto de plexos representables e interpretables que definen a una comunidad. El pueblo, como demarcación fáctica de la existencia resuelta del Dasein, se opone así a cualquier intento de universalización colectiva, sea de cuño capitalista o comunista. Finalmente, en la página con que concluye Ser y tiempo Heidegger vuelve a enfrentarse al concepto de “cosificación” sin mencionar nuevamente al autor del que procede dicha teoría. Y qué decir del concepto de “Cura” (Sorge) que es central en Ser y tiempo y constituye una respuesta a la categoría de praxis.

En otros trabajos posteriores Heidegger vuelve a la carga contra Marx: en el curso del año de 1932 sobre el diálogo el Teeteto de Platón, traza una curiosa cronología que tiene como principio el tema central del olvido del ser. La revisión pasa por el cristianismo, el racionalismo de Descartes, la Ilustración, Hegel y concluye con Marx. Ahí se propone una verdadera superación del marxismo como sistema de pensamiento apoyándose en citas extraídas de la Miseria de la filosofía.8 En sus discursos claramente políticos Heidegger señala lo equívoco de los postulados políticos y económicos de Marx. Tomemos como ejemplo el discurso La universidad en el nuevo Reich, en donde se defiende que bajo el nazismo no existe más la producción de plusvalía, el trabajador no es más un objeto de explotación como lo quería el marxismo, sino la figura que une a los camaradas de raza. El socialismo nacionalista no abolía la lucha de clases, dejaba intacta la estructura social pues:El socialismo quiere […] la jerarquía de acuerdo a la profesión y a la obra, él quiere la dignidad de cada trabajo y la intacta reputación de la existencia histórica del pueblo”.9 Los ejemplos en los cuales se puede mostrar el permanente dialogo crítico de Heidegger respecto a Marx podrían multiplicarse. No obstante, nos interesa ofrecer un análisis más detallado de la convergencia y disonancia entre ambos pensadores. Y esto sólo podremos hacerlo con el llamado “segundo Heidegger”.

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Reza el adagio que si no puedes vencer a tu enemigo atráelo hacia tu causa, y tal parece ser la postura de Heidegger tras la derrota del nazismo por parte de los aliados. El movimiento regenerador del nacionalsocialismo fracasó estrepitosamente y el americanismo y el comunismo tan fuertemente fustigados por él terminaron por instalarse y dividir al mundo. Todavía Heidegger en su comentario al poema “Ister” de Holderlin, tras la derrota de los ejércitos alemanes en Stalingrado, intenta asegurar una dignidad ontológica al movimiento al afirmar: “La esencia de la victoria nada tiene que ver con una victoria militar óntica; la esencia de la victoria es la victoria de la esencia misma”.10 Pero ante las críticas y el enjuiciamiento del que fue objeto tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo llevan a replantear toda su filosofía y establecer una postura más conciliadora con Marx y el marxismo europeo de la posguerra. Marx ya no sería el enemigo a vencer, sino un gran pensador que tuvo la perspicacia de poder atisbar lo que Heidegger venía planteando desde Ser y tiempo. Marx pasa de ser adversario a discípulo visionario.

En una de las partes centrales de la Carta sobre el humanismo11, Heidegger hace una referencia a Marx bastante conocida. En ella, el filósofo de la Selva Negra sostiene que Marx ha sido el único pensador moderno que ha sabido “experimentar” el desterramiento (Heimatlosigkeit) que caracteriza al hombre en la modernidad. La clásica caracterización marxiana del extrañamiento (Entfremdung) del hombre bajo el capitalismo es reconsiderada por Heidegger como consecuencia de su propia noción del desterramiento o apatridad. Por ello, para Heidegger la concepción marxista de la historia es superior a todas las planteadas en la época moderna debido a que ha podido adentrarse en una “dimensión esencial de la historia”12. Esta dimensión esencial a la que alude Heidegger no es otra que aquella que se articula con la historia del ser y su propio proceso de desocultamiento-ocultamiento.

Párrafos más atrás de esta declaración, Heidegger había explicado que el desterramiento (Heimatlosigkeit) del hombre moderno consiste en el olvido del ser a favor del ser del ente. De acuerdo con Heidegger, en su constitución esencial el hombre es una ex-sistencia, un Da-sein, un ser abierto al ser y por su misma apertura es el “ahí” o el claro (Lichtung) en donde el ser hace presencia o se muestra en su verdad. Cuando el hombre asume su existencia como verdad del ser está en la proximidad con él, habita una casa, una patria (Heimat). Este asumir la verdad del ser como algo consustancial al ser del hombre es lo que lo define como un “pastor del ser” en donde el Dasein se adjudica su “ahí” con el ser bajo la figura del cuidado (Sorge).

Cuando al hombre olvida su relación esencial con el ser a favor del ente olvida también la verdad que le es propia al ser. El hombre entonces toma el lugar del ser como verdad del ente y pasa de ser pastor a productor de lo entitivo. La subjetividad moderna hace del hombre el ser de lo real. La relación esencial con el ser a partir de su ex-sistencia se pierde o se olvida. Es así como adviene lo que Heidegger llama el desterramiento.

Cuando Heidegger afirma que Marx logró “experimentar” mejor que nadie el desterramiento (Heimatlosigkeit) bajo la noción del extrañamiento (Entfremdung), lo que hace es trasponer su propia concepción histórica a la elaborada por Marx. Resulta bastante paradójico que una concepción preponderantemente ontológica de la historia como la planteada por Heidegger encuentre eco o empatía en otra que se sostiene a partir de una crítica radical a un sistema económico y apela más a cuestiones sociales y de producción, lo cual es siempre fuertemente rechazado por Heidegger mismo. Esto nos lleva a reconsiderar y explicitar ambas concepciones históricas para poder establecer la validez y pertinencia de la afirmación heideggeriana y mostrar, entonces, esos posibles vínculos y diferencias entre Marx y Heidegger.

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Como sabemos, el término de extrañamiento (Entfremdung) es utilizado por Marx en los Manuscritos económico-filosóficos13 para establecer una diferencia de matiz respecto al concepto de enajenación (Entäusserung). Mientras que éste último tiene una connotación jurídica-económica en cuanto se refiere a la pérdida o cesión de un objeto, bien o propiedad, el primero hace referencia al desarraigo y pérdida de comunicación con el ambiente y los otros hombres que es propio del sistema capitalista.14

La enajenación (Entäusserung) la entiende Marx en varios aspectos. En un primer sentido se refiere a la enajenación del obrero respecto al producto de su trabajo, el cual pasa a ser propiedad del capitalista una vez finalizado el proceso de producción. Un segundo sentido es precisamente la enajenación del acto de producción en donde el trabajador aparece como simple apéndice del proceso sin que éste sea el resultado de su propia voluntad ni la realización de sí mismo como individuo. Un tercer sentido es la enajenación del hombre respecto de su propia esencia al ser reducido el trabajo a un simple medio de existencia y no como el desarrollo pleno de las propias fuerzas físicas, intelectuales y del propio ser del trabajador.

Finalmente, se da la enajenación o extrañamiento del hombre respecto al hombre, pues al aparecer enfrentados en el proceso de producción, sea como propietarios o trabajadores, o entre trabajadores con funciones distintas y en competencia, el otro no se muestra como parte esencial de mi propio desarrollo, sino como obstáculo e impedimento. El extrañamiento se da también con la realidad, pues el hombre no concibe lo real como consecuencia de la transformación y adecuación que hace de la naturaleza mediante el trabajo, sino como resultado de fuerzas naturales independientes o de entidades supraterrenales que determinan a voluntad los eventos humanos.

Tanto la enajenación como el extrañamiento son disposiciones o modos de ser propios del sistema capitalista. No constituyen formas humanas esenciales o imprescindibles. Son el resultado de una organización social sustentada en la explotación del trabajo de aquellos que solamente cuentan con su integridad física para sobrevivir. Por ser el resultado de una determinada forma de organización social, estas formas de existencia son históricas, transitorias y superables. Para Marx la enajenación y el extrañamiento son superables en la medida en que la propiedad privada ligada al capitalismo sea abolida instaurando un nuevo sistema económico y político, una sociedad radicalmente distinta apoyada en las fuerzas sociales de la producción. Esta nueva organización social que supera las trabas y límites del capitalismo la ve Marx en el comunismo moderno:

El comunismo… es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza y del hombre contra el hombre, la verdadera solución de la pugna entre la existencia y la esencia, entre la objetivación y la afirmación de sí mismo, entre la libertad y la necesidad, entre el individuo y el género. Es el secreto revelado de la historia y tiene conciencia de ser esta solución.15

La crítica al sistema capitalismo iniciada en los Manuscritos es ampliada en posteriores trabajos de Marx gracias a sus estudios históricos y económicos. El par de conceptos de enajenación y extrañamiento son abandonados16 para introducir nuevas nociones que enriquecen una mejor elaborada concepción de la historia. Términos como el de lucha de clases, fuerza de trabajo, estructura económica y superestructura, plusvalía, etc, otorgan una mejor coherencia a la concepción materialista de la historia, nombre con que es acuñada la teoría histórica descubierta por Marx con ayuda de Engels.

En sus rasgos generales, la concepción materialista de la historia parte del principio de que la historia es un proceso histórico-natural, entendiéndose por ello que los hombres son los que hacen la historia, pero hasta el momento esta historia ha sido hecha al margen de la voluntad consciente de los hombres.17 Las formas de organización social que los hombres producen se han establecido como si se organizaran por leyes propias como las que rigen a la naturaleza; al mismo tiempo, cada organización social y modo de producción una vez que emergen se rigen por sus propias leyes de desarrollo. Estas leyes se establecen la margen de la voluntad humana pues responden a la dinámica propia de su desenvolvimiento y evolución. Por eso la historia es un proceso tanto histórico, esto es, hecho por los hombres, como natural, debido a que posee leyes propias al margen de esos mismos hombres que no pueden determinarlas por no estar organizados socialmente, sino divididos en clases antagónicas de explotación de unas sobre otras.18

La historia para Marx es por consiguiente un proceso que los mismos hombres realizan al emplear su trabajo para transformar la naturaleza en su beneficio, pero que se torna inconsciente, enajenado, extraño, al escapar de su control por realizarse independientemente del interés social, por luchas entre clases que buscan su propio interés. La historia se relaciona por tanto con procesos sociales, económicos, políticos, culturales, etc. Desligándose de los fatalismos, las teodiceas y las teorías que ven los procesos históricos un desarrollo de la conciencia o las ideas, Marx pone el acento en el aspecto material de la historia que a un mismo tiempo es producto de los hombres reales y por otro escapa a sus decisiones por encontrarse subsumidos en relaciones sociales que no controlan racionalmente.

Sólo desde este punto de vista puede considerarse que los hombres, organizados socialmente, puedan encauzar la historia hacía un modelo más igualitario y racional. Las condiciones las crea el hombre y son los hombres, los agentes de la historia, quienes pueden transformarlas a su favor una vez que toman conciencia de su papel en el decurso histórico.

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En Heidegger, por el contrario, la historia se encuentra estrechamente vinculada con la historia del ser; propiamente podemos entender que toda la historia para Heidegger no es sino historia del ser mismo. De hecho, la concepción histórica de Heidegger parte de una crítica radical al fundamento de lo moderno y que vemos claramente expresada en Marx: la subjetividad. Si bien para Marx la historia la hacen los sujetos actuantes en sociedad aun cuando no tienen un control consciente de ella, es finalmente el hombre quien aparece como centro y fundamento de lo histórico. Heidegger se desliga de esa concepción que reduce el mundo, la realidad, el ser, a la visión antropológica y subjetiva del hombre. La postura heideggeriana estará en las antípodas que buscan desempoderar al hombre de su visión antropocéntrica de la vida y la historia. En oposición al materialismo marxista, el ontologismo heideggeriano se concibe como una crítica que aborda el problema de la crisis civilizatoria que ha dejado a su paso el subjetivismo moderno. Sólo estableciendo estas diferenciaciones podemos entender la diferente radicalidad que separa a ambas posturas históricas y que muy difícilmente se pueden relacionar entre sí tal y como lo pretende Heidegger.

Para establecer su concepción histórica Heidegger señala una diferencia importante entre lo que comúnmente se suele entender por historia y lo que para él sería la historia verdadera, real. La historia (historie) en su sentido vulgar se diferencia de la historia en su sentido ontológico (Geschichte) debido a que la primera solamente informa lo que sucede esencialmente, ofrece una representación de lo que acontece por estar ya dispuesto por el ser:

La palabra historie (istorein) significa informar y hacer visible, y por eso nombra un modo del representar. Por el contrario, la palabra Geschichte significa lo que sucede en tanto está preparado y ordenado de tal modo, es decir, dispuesto (beschickt) y destinado (geschickt). La historiografía es la exploración informativa de la historia.19

La historia (Geschichte), como lo afirma Heidegger, es en sí algo dispuesto y conformado por el ser. El acontecimiento histórico determinado como época histórica ocurre cuando el ser se repliega en su verdad, se descubre o desvela iluminando al ente. El hombre no tiene nada que ver con este proceso, es algo que ocurre del ser por el ser mismo.20 Las llamadas épocas históricas quedan configuradas como eventos propios del ser que al darse a sí mismo en su verdad, en la desocultación, abre y destina la historia:

El ser se sustrae en la medida en que se descubre en lo ente. El ser se repliega así en su verdad. Este replegarse es la forma temprana de su desencubrir. Podemos llamar a este replegarse iluminador propio la verdad de su esencia, la epojé del ser. De la época del ser viene la esencia en su destino, en la que se concentra la auténtica historia mundial. Cada vez que el ser se recoge en su destino, acontece de modo repentino e involuntario un mundo.21

El hombre entra en la historia o es histórico en la medida en que su existencia es un estado de apertura al ser. El ser del Dasein consiste en ser arrojado al modo peculiar de la época histórica destinada por el ser. En tanto arrojado el Dasein es ex-sistencia, el ente peculiar abierto en el “ahí” propio del destino iluminado por el ser. Sólo así el Dasein existe, tiene historia y entra en la dimensión temporal. Lo propio del hombre es ser por tanto el lugar privilegiado desde donde el ser se desvela. Su existencia queda determinada por el cómo y el para qué que el ser arroja en su mostrarse en el medio de los entes.

El ser-en-el-mundo como uno de los existenciarios fundamentales del Dasein es simplemente el modo adecuado en que el Dasein en su apertura al ser como el claro (Lichtung) en que el ser se desvela-oculta en su verdad entra en cercanía con él. El mundo y sus estructuras no es algo producido por el hombre, más bien el hombre es puesto, preparado o arrojado a un mundo ya predispuesto. La ex-sistencia del hombre se torna entonces auténtica si acude al encuentro del llamado del ser, esto es, si su existencia se relaciona en el modo del cuidado (Sorge) que el ser ha ya destinado; o será inauténtica si desoye la llamada y en lugar de correr al encuentro con la proximidad del ser “cae” en el mundo del ente, de lo cotidiano cuya perspectiva es considerarse como fundamento de sí mismo sin referencia al ser:

La esencia epocal del ser hace acontecer a la esencia estática del ser-ahí. La ex-sistencia del hombre soporta lo extático y, de ese modo, preserva lo epocal del ser, a cuya esencia pertenece el aquí y por lo mismo el ser-ahí.22

Si el ser es el que hace época y destina un mundo al desvelarse en su verdad la pregunta que se puede plantear es: ¿cómo se extravía el hombre? Si la existencia del hombre como ser-ahí es una simple apertura de lo destinado por el ser, ¿cómo se desvía o “cae” el Dasein fuera de ese destino? La respuesta de Heidegger es que el extravío o el error del Dasein respecto del ser es algo consustancial al desvelamiento del ser mismo. En su desvelamiento iluminador el ser también se oculta. El ser ilumina a los entes estructurando un mundo y donando una época histórica, pero en el mismo proceso el ser se encubre. De ese modo se puede caer en el “error” de que los entes son por sí mismos y no por el ser. Este “error” constituye la errancia como aspecto fundamental del desvelo del ser:

De este modo, iluminando a lo ente, el ser lo extravía en el errar. Lo ente acontece en el errar, donde confunde al ser fundado de este modo el reino del error… se trata del espacio esencial de la historia. En él, lo históricamente esencial pasa errando al lado de su igual sin advertirlo. Por eso, todo aquello histórico que surge es necesariamente mal interpretado. A través de esa mala interpretación el destino aguarda a lo que se convertirá en su semilla. Sitúa a aquellos que les concierne ante la posibilidad de lo destinal o no destinal. El destino se prueba en el destino. Al confundirse del hombre corresponde el encubrirse del claro del ser… sin el errar no existiría ninguna relación de destino a destino, no habría historia.23

La caída, el absorberse en el ente, es un modo del ser determinado por el modo de lo útil en que se olvida la relación con el ser. Sin embargo, este modo inauténtico en donde el ente priva y el sujeto es colocado como fundamento del mundo no implica un desfase o un estar fuera del mundo. La impropiedad del Dasein respecto al ser es parte de la misma estructura del ser-en-el-mundo que resulta del desvelamiento que el ser hace. La caída y sus consiguientes interpretaciones son formas de ofrecerse el ente en el modo del replegarse del ser. Este proceso es necesario. En nada se puede atribuir como un error humano. Al ser le va tanto el iluminar como el oscurecer, el desvelarse y ocultarse.

El desterramiento (Heimatlosigkait) que Heidegger equipara con el extrañamiento (Entfremdung) marxista no puede resolverse por iniciativa del hombre. El olvido del ser y sus consecuencias no es algo que pueda ser modificado por el hombre, pues corresponde a la misma historia del ser. El olvido que se inicia con la filosofía griega y que marca toda la metafísica occidental solamente adquiere un alcance universal en la modernidad; el desterramiento era la forma propia de la metafísica que se vuelve ahora historia mundial. Es al ser mismo al que corresponde decidirse por una “salvación” o “regeneración” de la situación moderna. La historia en Heidegger se reduce a ser una historia ontológica: la simple historia del Ser.

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Al matizar las concepciones históricas de Marx y Heidegger observamos sus profundas diferencias. Mientras que para Marx lo que él entiende como enajenación (Entäusserung) y extrañamiento (Entfremdung) son procesos históricos dependiente de determinadas relaciones sociales de producción, en Heidegger son puestos como aspectos cualitativos de la historia del ser. Esa es precisamente la “dimensión esencial” de la que habla y en la que intenta colocar a Marx. Es una “dimensión esencial” porque constituye un proceso necesario al desvelamiento del ser. El extrañamiento y la apatridad no son “errores” históricos ni aspectos dependientes de las relaciones entre los hombres, sino momentos esenciales del ser. Por ello, en Marx la enajenación y el extrañamiento son superables con la actividad consciente, revolucionaria, de los hombres en la historia. En Heidegger, por el contrario, es algo que se decide desde el interior del ser y de su verdad: en su desvelamiento en el claro del Dasein. Al hombre sólo le queda esperar que el ser se decida por sí mismo a destinar una nueva época que pueda salvar lo que el hombre ha hecho al querer asumirse como el fundamento de todo.

Por otra parte, para Marx el hombre no es una dimensión de la historia como lo fundamenta Heidegger. Si el ser es el que da, destina, dona, una época histórica al desvelarse en su verdad, el hombre queda reducido a un elemento, importante, sí, pero elemento finalmente, de todo el proceso del desvelarse del ser.

La historia hace al hombre al afirmarse el ser. El hombre entra a la historia arrojado “ahí” por esa entidad metafísica. Por ello el hombre es concebido en Heidegger como una dimensión de la historia, como un resultado pasivo más que como un agente activo de ella. En Marx, por el contrario, la historia aparece como una dimensión del hombre. Es una muestra y resultado de la auto-objetivación del hombre en la naturaleza y la sociedad. El hombre hace, crea la historia al transformar la naturaleza, la realidad y al transformarse a sí mismo en ese proceso. Lo histórico no es así ni esencial ni fundamental.

La historia en la concepción marxiana es variable, relativa a la misma actividad conformadora y transformadora del hombre. Mientras que Heidegger ontologiza y absolutiza el proceso histórico, Marx lo reduce a la actividad humana y por eso mismo modificable y transformable en la actividad crítico-práctica. En Marx los acontecimientos históricos son superables. En Heidegger quedan dependientes de una instancia supra-histórica y sobre humana. La dependencia del hombre al ser se establece como necesaria. Si bien se entiende la crítica de Heidegger a la subjetividad moderna, no por ello podemos dejar de advertir el aspecto de desamparo en que deja al hombre al quitarle toda posible actitud de tomar por sí mismo las riendas de su destino.

Sabemos que Heidegger intentó superar el concepto de humanismo occidental por constituirse a partir de la subjetividad del hombre. El humanismo de Marx, heredero de la tradición ilustrada y el hegelianismo, incorpora una nueva dignidad al sujeto humano que quedaba encubierta, fetichizada, en el idealismo alemán y enajenado en el capitalismo. En Marx, el sujeto no es un sujeto plenamente realizado, sino escindido, su objetivación se revuelve contra él como desrealización. Al sujeto marxiano se le escapa la realidad que él mismo crea. Heidegger, en cambio concibe al sujeto moderno como omniabarcador: controla, calcula, somete y explota a los entes. Entre los dos extremos reconocemos esa carencia de ser de la que habla Marx en un aspecto social y la de Heidegger en uno ontológico. En ambas posturas el humanismo al que apelan es una forma de revertir lo que consideran un falso un humanismo. Este falso humanismo tiene como centro para ambos la desconexión con lo esencial, lo verdadero, lo que hace posible que el ser humano esté en su ser. Ya vimos que en Heidegger la apatridad es la consecuencia de esta desconexión, y en Marx es la enajenación o extrañamiento. Lo que en Heidegger es una fuerza depredadora que sigue la lógica de la voluntad de poder, en Marx es vaciamiento de poder que nulifica al sujeto, en términos hegelianos podemos decir que se vuelve pura sustancia sin ser sujeto.

Pensamos que ambas concepciones son diametralmente opuestas y que su posible convergencia es forzada por Heidegger para hacerla encuadrar en su ontología. Sin embargo, el posible encuentro entre ellas puede darse a partir de reconocer el hecho de que la época moderna, como ninguna otra, ha logrado enajenar o desterrar al hombre de su propio mundo humano. La crisis actual del capitalismo ya no se articula solamente a la destrucción de los procesos productivos, es decir, meramente económicos; por primera vez en la historia el capitalismo choca de frente con el límite de su propia reproductividad. La eclosión ecológica pone de manifiesto que la técnica planetaria ha logrado inocularse en nuestras existencias poniendo en peligro la vida humana misma. El posible humanismo que surja e intente dar solución a esta crisis planetaria tiene necesariamente que tomar los extremos que hemos señalado respecto a Heidegger y Marx. Este humanismo debe reconocer la falta de subjetivación del sujeto en lo real, pero también de que lo real no puede reducirse al dominio del hombre, reconocer el propio status de sujeto a lo real. La dignidad ya no debe recaer solamente en el sujeto, sino también en lo real, la sustancia, el ser.

Si creemos a Heidegger, quien citando a Hölderlin, nos dice que donde abunda el peligro, crece también lo que salva, nuestra época actual está sumergida en el problema mismo de la salvación. Y esta vez, en contra de Heidegger, pensamos que la filosofía tiene y debe tener un papel fundamental. Si el status de la filosofía como aportadora de fuerzas y formas que susciten acciones históricas era repudiada por Heidegger, la simple pasividad en espera del llamado del ser puede condenarnos también a un suicidio colectivo.

En contra de Marx podemos decir que la simple acción de organización tecnificada de la economía no nos es ya tampoco suficiente. Repensar a la naturaleza como algo más que medio de explotación y producción es imperativo ante el agotamiento de los recursos. Para un marxista actual la tarea debería ser la misma que Marx acometió con Hegel: buscar el núcleo racional de la filosofía de Heidegger, despejándolo de su misticismo e invirtiéndolo para hacerlo comprensible y apropiable. Igualmente, un heideggeriano actual preocupado por el fuerte impacto de la técnica en el mundo contemporáneo, debe reconocer que una simple relación libre con ella, como la postulada y querida por Heidegger, no es suficiente si esa misma técnica no es también “liberada” de la subsunción formal y real que hace de ella el capitalismo lo cual implica a la política. La cuestión de la técnica y la crisis planetaria no es ni simplemente ética u ontológica ni solamente político-económica.

Cómo sea el nuevo paradigma que nos dejé entrever la salida a esta crisis sólo es posible formularla si tomamos en cuenta lo mejor de ambos pensadores. El estado actual de las cosas en que el hombre se pierde a favor de los entes o del mundo material del consumismo depredador, es la base para articular la afinidad y posible síntesis. Desde el reconocimiento de esta condición humana es posible un diálogo entre el marxismo y el existencialismo heideggeriano. Sólo entonces podremos repensar en toda su profundidad el sentido de las proféticas preguntas de Heidegger: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y luego qué?


[1] Zizek, Slavoj, Visión de paralaje, FCE, México, 2006, p. 419.

[2] Heidegger, Martín, “Entrevista del Spiegel”, en Escritos sobre la universidad alemana, Editorial Tecnos, España, 1996, pp. 77-78.

[3] Puede consultarse el texto en línea en traducción de Nicolás Alberto González Varela en: http://www.scribd.com/doc/16730243/Heidegger-El-Comunismo-y-El-Destino-Del-Ser

[4] Cfr. Duque, Felix et al, Heidegger: Sendas que vienen, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2008. P. 44.

[5] Heidegger, Martín, Ser y tiempo, Editorial Universitaria, Chile, 2005, p. 75.

[6] Véase principalmente el apartado “La cosificación y la consciencia del proletariado”.

[7] Heidegger, Martín, op. cit., p. 400.

[8] “Teoría de las Ideas, presupuesto para el Marxismo y la teoría de las ideologías. ‘Visión del Mundo’ como ideología, abstracción, superestructura o de relaciones sociales de producción. ¿Superar al Marxismo?” Heidegger, Martín, De la esencia de la verdad, Herder, España, 2007, pp. 304-305.

[9] Heidegger, Martín, La universidad alemana en el tercer Reich, consúltese el texto en línea en la dirección: http://www.heideggeriana.com.ar/textos/universidad_alemana.htm

[10] Cfr. Zizek, Slavoj, op. cit., pp. 423-424.

[11] Heidegger, Martín, “Carta sobre el humanismo”, en Hitos, Alianza Editorial, España, 2007.

[12] La referencia completa dice: “El desterramiento deviene un destino universal. Por eso, es necesario pensar dicho destino desde la historia del ser. Eso que, partiendo de Hegel, Marx reconoció en un sentido esencial y significativo como extrañamiento del hombre hunde sus raíces en el desterramiento del hombre moderno. Tal desterramiento está provocado por el destino del ser bajo la forma de la metafísica, afianzado por ella y encubierto también por ella en cuanto desterramiento. Es precisamente porque al experimentar el extrañamiento Marx se adentra en una dimensión esencial de la historia por lo que la consideración marxista de la historia es superior al resto de las historias. Pero como ni Husserl ni hasta donde yo veo por ahora tampoco Sartre reconocen la esencialidad de lo histórico en el ser, por eso ni la fenomenología ni el existencialismo llegan a esa dimensión en la que resultaría posible por primera vez un diálogo productivo con el marxismo”. Heidegger, Martín, op. cit., p. 279.

[13] Marx, Carlos, “Manuscritos económico-filosóficos de 1844”, en Escritos de juventud, FCE, México, 1987.

[14] Cf. Sánchez Vázquez, Adolfo, Filosofía y economía en el joven Marx, Editorial Grijalbo, México, 1978, p. 72.

[15] Marx, Carlos, op. cit., p. 617.

[16] Aunque cabe señalar que su sentido se conserva en otros conceptos importantes como el de “fetechismo de las mercancías” y siguen apareciendo en elaboraciones posteriores como en los Grundrisse.

[17] “El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto enajenación humana y, por tanto, como real apropiación de la esencia humana por y para el hombre; por consiguiente, como total retorno del hombre a sí mismo, como hombre social, es decir, humano, retorno total, consciente y llevado a cabo dentro de toda la riqueza del desarrollo anterior”. Marx, Carlos, op. cit., p. 617.

[18] “Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de las sociedades como un proceso histórico-natural, no puede hacer responsable al individuo de la existencia de relaciones de que él es socialmente criatura, aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas”. Marx, Carlos, “Prólogo a la primera edición”, en El Capital, Tomo I, FCE, México, 1982

[19] Heidegger, Martín, “Ciencia y meditación”, en Filosofía, ciencia y técnica, Editorial Universitaria, Chile, 2007, p. 178.

[20] “Si acaso y cómo aparece, si acaso y de qué modo el dios y los dioses, la historia y la naturaleza entran o no en el claro del ser, se presentan y se ausentan, eso es algo que no decide el hombre”. Heidegger, Martín, “Carta sobre el humanismo”, op. cit., p. 272.

[21] Heidegger, Martín, “La sentencia de Anaximandro”, en Caminos de Bosque, Alianza Editorial, España, 2008, p. 250.

[22] Heidegger, Martín, op. cit., p. 251.

[23] Heidegger, Martín, “La sentencia de Anaximandro”, op. cit., Alianza Editorial, España, 2008, p. 250.

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Roba en la Facultad de Filosofía haciéndose pasar por Aristóteles



Un señor disfrazado de Aristóteles irrumpió ayer por la tarde en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona y engañó a varios alumnos para que le entregaran todo su dinero e intentaran volver al intercambio de especies. El propio estafador acabó delatándose cuando, al ser interrogado por un profesor, aseguró que conocía la doctrina de Nietzsche, “lo cual es imposible porque él es anterior”, según explica el filósofo Miguel Morey. La sociedad entera ha condenado el delito, especialmente porque el ladrón “se ha cebado con gente de letras”.

“A mí ya me resultó raro desde el principio porque Aristóteles no ha sido nunca un filósofo de extremos. En cambio, ese señor iba a saco. Se hizo con los monederos de todos, trazó un círculo en la cafetería de la Facultad y dijo que aquello era el Ágora y que debíamos ponernos allí a dialogar entre nosotros. Mientras lo hacíamos, él desapareció con el dinero”, relata uno de los alumnos estafados.

La psicóloga Margarita Marín asegura que “engatusar a un estudiante de Filosofía cuando está centrado en sus estudios es relativamente fácil. Son jóvenes que se pasan el día hablando de esos autores clásicos y luego, sin ven a uno por allí, no son capaces de marcar distancias. Se comportan como si hubiera venido un cantante famoso, y como de esos personajes históricos no hay fotografías fidedignas, no pueden darse cuenta a simple vista de que aquello es un simple disfraz”.

El historiador Antonio Alegre se ha mostrado “indignado y jodido” ante lo ocurrido, aunque ha matizado que “la gente que estudia esta carrera ya está acostumbrada a no tener dinero, así que aunque dé rabia tampoco es un drama”.

Vía: Elmundotoday

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El sentido del trabajo y la propiedad en John Locke. Parte 1



I. El concepto de trabajo en Locke


Uno de los conceptos centrales en la teoría política de John Locke lo constituye el concepto de trabajo. En su concepción, el trabajo no sólo permite que el hombre pueda subsistir de manera física, sino que también da paso al aseguramiento de la propiedad. A diferencia de la etapa antigua en donde el trabajo físico no es muy bien valorado, en la modernidad la cualidad del trabajo adquiere un rango de importancia que se aparta de la visión negativa o peyorativa que tenía para algunos de los más importantes pensadores de la antigüedad.


Recordemos, por ejemplo, que en la antigüedad la labor del esclavo no sólo permitía al ciudadano libre apartarse de las indolencias del trabajo físico, sino también de la misma necesidad natural. La determinación natural de tener que trabajar para subsistir, que el hombre comparte con los animales en tanto que se encuentra sometido a la necesidad, era visto como algo no humano, por lo cual esa actividad meramente reservada a satisfacer las necesidades del cuerpo se reservaba al esclavo. La indignidad del trabajo o su minusvalía estaba fuertemente arraigada en la antigua Grecia porque implicaba que el hombre perdía su libertad al ser sometido a las necesidades naturales o a la voluntad de otro hombre. La libertad del ciudadano no solamente implicaba la libertad política, sino también la libertad existencial. Liberarse del trabajo manifestaba la libertad política en estrecha relación con su correlato existencial: la ociosidad. El ocio era un factor indispensable para que el hombre libre pudiera dedicarse a la política, el arte o la filosofía; en general a actividades que se preciaban de ser las propiamente humanas. Como bien señala Hannah Arendt:


“Laborar significaba estar esclavizado de la necesidad, y esta servidumbre era inherente a las condiciones de la vida humana. Debido a que los hombres están dominados por las necesidades de la vida, sólo podían ganar su libertad mediante la dominación de esos a quienes sujetaban a la necesidad por la fuerza. La degradación del esclavo era un golpe del destino y un destino peor que la muerte, ya que llevaba consigo la metamorfosis del hombre en algo semejante al animal domesticado”.[1]


Esta negatividad del trabajo es superada en la modernidad debido a que el trabajo o la actividad productora de bienes de consumo se constituyen en partes esenciales del proceso económico. Como elemento indispensable del proceso de producción, el trabajo adquiere un status de importancia y de revalorización que permite ubicarlo al nivel de la propiedad y de las funciones del Estado como veremos más adelante.


Bajo esta nueva esquemática que adquiere el trabajo en la modernidad, Locke hace uso del término para tratar de establecer el origen de la propiedad, con lo cual le da una orientación más positiva. Si bien el trabajo se sigue considerando como una fatalidad insoslayable, en este caso como un mandato de Dios, no por ello deja de tener una cualidad positiva, pues es mediante el trabajo que el hombre hace uso y dispone del mundo que Dios ha entregado al hombre:


“Dios, cuando dio el mundo comunitariamente a todo el género humano, también le dio al hombre el mandato de trabajar; y la penuria de su condición requería esto de él. Dios y su propia razón ordenaron al hombre que éste sometiera la tierra, esto es, que la mejorara para beneficio de su vida, agregándole algo que fuese suyo, es decir, su trabajo”.[2]


A diferencia de Aristóteles[3], por poner un ejemplo de la antigüedad, que no ve nada de positivo y sí más de indigno en el trabajo, en Locke el trabajo no solamente permite al hombre sobrevivir y satisfacer sus necesidades naturales más apremiantes, sino también imprimir su huella en la realidad. El mandato de “mejorar” a la tierra implica que el hombre hace del mundo propiedad suya, no solamente porque ha sido otorgada por Dios, sino también porque mediante su trabajo la transforma, la adecúa y le da una forma humana. El trabajo deja de tener, por consiguiente, un mero carácter de reproductor de la vida humana y asume también la función de mejorar la vida. Pasa de ser una fatalidad natural para adquirir un rango de virtud en tanto que se asocia con la individualidad al agregarle al mundo “algo que fuese suyo”.


En la definición lockeana del trabajo éste constituye la actividad humana en la que el hombre saca algo del estado natural, pero no como simple cosa, sino como objeto que ya ha recibido una determinación humana:


“Cualquier cosa que él saca del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, y la modifica con su labor y añade a ella algo que es de sí mismo, es por consiguiente propiedad suya. Pues al sacarla del estado común en que la naturaleza la había puesto, agrega a ella algo con su trabajo…”.[4]


Podemos afirmar que el acto de desprendimiento de las cosas naturales de su estado natural es el acto mismo de la separación del hombre del medio natural, la creación de la cultura. Es cierto que los animales también usan, separan, consumen cosas naturales, pero a diferencia del hombre el animal no usa el trabajo para ello, porque el trabajo humano no es simplemente posesionarse del mundo natural o arrancarlo de su medio, sino más esencialmente agregarle algo nuevo, “mejorarlo”.


La mejora del mundo agrega lo nuevo a la cosa natural: el trabajo del individuo. De ahí que las cosas modificadas o arrancadas a la naturaleza tengan valor. El valor de un objeto sólo puede darse en el ámbito de la cultura, pues en la uniformidad natural una cosa no es simplemente igual o desigual a otra, sino que ni siquiera se puede establecer una diferenciación. Las cosas dadas por la naturaleza simplemente son, están; cuando el trabajo humano las desprende y las modifica añade su valor, que consiste en ser fruto no solamente natural, sino también humano. Dejan de ser cosas naturales para ser objetos humanos, codificables, mediante el valor, dentro del mundo de la cultura:


“Pues es el trabajo lo que introduce la diferencia de valor en todas las cosas. Que cada uno considere la diferencia que hay entre un acre de tierra en el que se ha plantado tabaco o azúcar, trigo o cebada y otro acre de esa misma tierra dejado como terreno comunal, sin labranza alguna; veremos entonces que la mejora introducida por el trabajo es lo que añade a la tierra cultivada la mayor parte de su valor”.[5]


Esta concepción, de que el trabajo fuese fuente de la cultura, era impensable en la antigüedad, en donde hemos visto que la cultura nace precisamente más allá del ámbito del trabajo, en su liberalización. Por el trabajo el hombre se sobrepone a la necesidad natural y entra en el mundo de la cultura. Además de reproducir su vida engendra un nuevo modo de vida, el mundo propiamente humano. Al mejorar la naturaleza se mejora así mismo y se encuentra así mismo en sus objetos.


El trabajo, aunque no lo diga explícitamente Locke, independientemente de que es una actividad que busca satisfacer las necesidades naturales, es también una actividad en la que el hombre se objetiviza, pues al agregarle algo más a la cosa natural, el mundo se vuelve objetivo para él en tanto apropiación como en expresión de sí mismo. La cultura es la expresión de esa objetivación que el hombre hace sobre la naturaleza. Como bien lo explicaría Marx más adelante, y Locke lo intuye genialmente, en el trabajo el ser humano manifiesta como ser consciente de su propia actividad, y por ello mismo, como un ser libre:


“La actividad vital consciente distingue al hombre directamente de la actividad vital de los animales. Y eso y solamente eso es precisamente lo que hace de él un ser genérico. O dicho de otro modo, sólo es ser consciente, es decir, su propia vida es para él objeto, cabalmente porque es un ser genérico. Sólo por eso su actividad es una actividad libre… El acto de engendrar prácticamente un mundo de objetos, la elaboración de la naturaleza inorgánica, es la comprobación del hombre como un ser genérico consciente… ”.[6]


Hay que destacar también el hecho de que esta concepción del trabajo en Locke sólo puede darse sobre la base de la igualdad entre los hombres. En la antigüedad se resaltaba más las diferencias entre los individuos a partir de sus determinaciones físicas, de ahí que en Aristóteles una de las justificaciones de la esclavitud es que los esclavos están dispuestos por ello por naturaleza al poseer cuerpos robustos y fuertes.[7] La igualdad solamente se alcanzaba con el rango de ciudadano, al cual sólo tenían acceso los hombres pertenecientes a la raza o tribu de los señores libres. En cambio, Locke parte de una idea de igualdad entre los hombres que se desprende de su concepción religiosa. Como sabemos, el cristianismo introdujo la igualdad de los hombres ante Dios, por lo que en tanto hijos del mismo padre, los hombre son iguales entre sí, esta igualdad se aplica tanto al rango de la individualidad –en tanto se le reconoce un mismo origen- como a su capacidad (razón) de disponer del mundo común que Dios ha creado para beneficio y uso de los hombres:


“Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, también les ha dado la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mejor beneficio de la vida, y mayores ventajas. La tierra y todo lo que hay en ella le fueron dados al hombre para soporte y comodidad de su existencia”.[8]


Todos los hombres son iguales porque tienen el derecho a la posesión del mundo. Esta igualdad es anterior a la sociedad y el contrato civil y hacen posible fundamentarlos. La igualdad del derecho a posesión también implica que el hombre ha sido dotado en igualdad con la razón, que nos permite poder determinar y calcular los medios adecuados para hacer uso de esa propiedad.[9] La razón y la propiedad en común del mundo y la naturaleza es lo que hace iguales a los hombres. Al mismo tiempo, la diferenciación radica en el uso de la razón aplicada al trabajo que permite que un hombre posea algo como propio al margen de la propiedad común.


En ese sentido, siguiendo a Locke, las diferencias entre los individuos se establecen sobre la base del uso de su razón y de su capacidad para adquirir propiedad a través de su trabajo. El individuo es por ello libre, porque él dispone de su propia razón como su cualidad esencial. Porque por su trabajo es consciente de lo que produce o transforma le pertenece. Y porque su propiedad y el uso que de ella hace lo distinguen de los otros como individuo o persona.


[1] Arendt, Hannah, “La condición humana”, Paidós, España, 2005, p. 109.

[2] Locke, John, “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, Alianza Editorial, España, 2008. P. 60.

[3] “… los ciudadanos no deben de llevar una vida de trabajo manual, ni de mercader (pues esa forma de vida es innoble y contraria a la virtud), ni tampoco deben ser agricultores los que han de ser ciudadanos (pues se necesita ocio para el nacimiento de la virtud y para las actividades políticas)”. Aristóteles, “Política”, VII, 9, 132b. La edición usada es la de Editorial Gredos con traducción y notas de Manuel García Valdés.

[4] Locke, John, op. cit., pp. 56-57.

[5] Locke, John, op. cit, p. 67.

[6] Marx, Carlos, “Escritos de juventud”, FCE, México, 1987, p. 600.

[7] “La naturaleza quiere incluso hacer diferentes los cuerpos de los libres y de los esclavos: unos, fuertes para los trabajos necesarios; otros erguidos, e inútiles para tales menesteres, pero útiles para la vida política”. Aristóteles, “Política”, I, 1254b y ss., edit. cit.

[8] Locke, John, op. cit., p. 56.

[9] “Nada hay más evidente que el que criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas ellas para disfrutar en conjunto las mismas ventajas naturales y para hacer uso de las mismas facultades, hayan de ser iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas a otras, a menos que el amo y señor de todas ellas, por alguna declaración manifiesta de su voluntad, ponga a una por encima de otra, y le confiera, mediante un evidente y claro nombramiento, un derecho indudable de dominio y de soberanía”. Op. cit. P. 36.

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